Relato: Un film de La Pandilla del Verano

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La Pandilla del Verano: Un film de La Pandilla del Verano
Hasta los Días Records (2013)

¿Quién escribió el orden de las cosas? ¿Quién dijo que primero las palabras, después las imágenes, después la música hacen la película? La Pandilla del Verano nos dice que nadie. Nunca. La pandilla creó a un Ricardo hecho de instrumentos y lo hizo sentir con melodías. La pandilla creó millones de Ricardos y nos hizo ver su historia cerrando los ojos. Nos dio la cámara para hacer su film, una cámara que puede, también, tener forma de lápiz. Por eso les proponemos esta historia de la mano de las canciones para que se lean juntos y lean la música en un viaje sinestético.

Instrucciones: leer cada fragmento con su respectiva canción. Acá el disco.

Ricardo para un taxi

Por ejemplo, una día en la vida de Ricardo puede ser que se levanta después de soñar con olas y tarde, como siempre. La noche anterior se quedó pensando en la gente que hace cosas. Se acordó de la película del hombre que va a buscar a la mujer al aeropuerto. Se reía también de ese tipo que le hace gastar un montón de guita a la pobre mina por no avisarle un par de horas antes. Antes de hacerse el café agarra la valija. Piensa aparte que es imposible meterte entre todos los guardias y hacerte el boludo. Toalla, seguro. Cepillo de dientes, tres camisas manga corta, dos manga larga, ¿corbata?…No, ¿para qué? ¡Aparte la valija de la mina! Salvo que la lleve en la mano porque sino tendría que ir a reclamarla antes de que salga el avión. Piensa que si él hiciese esa película, la mina la llevaría en la mano. Menos quilombo. Ojotas, zapatillas para caminar, zapatos de vestir. Traje de baño. ¿Qué más? Medias, claro. Cuatro pares. Y ropa interior si ya está. ¿Ya está? Algún libro… Nunca leo, qué me hago el bohemio. Me compro alguna revista allá. Son las… ¡tres! Bueno dale, dale, dale qué más nada más bueno. Plata, llaves, pasajes, documentos. Piensa que el tipo para pasar se compra un pasaje a cualquier lado y eso lo que sale. Son las películas. Pero algo esperanzador tiene él ese día. Como en las películas.

Se toma rápido el café, enjuaga todo rápido y sale corriendo. Igual no se toma el ascensor porque quiere caminar porque nunca lo hace y quiere que todo sea diferente. Piensa qué gracioso sería hacerlo caminando para atrás pero si se cae se lastima y empieza todo mal con dolor o capaz tiene que ir al hospital y llegaría tarde. No no, mejor mirando para adelante, tampoco está para idioteces. Baja medio sonriendo pensando que camina para atrás y se queda esperando en la esquina con el bolso colgado y piensa que él hace todo y ni siquiera por una mina. Pero se siente bien, mejor que en muchos años. Pero qué lindo que una mujer quiera que le cagues la vida, que le hagas perder un montón de plata y tiempo pero que sean buenas noticias. No se toma un taxi desde la navidad del 2003. Le era tan poco usual estar de un minuto a otro tan consciente de la existencia de los taxis cuando los ignoró por tanto tiempo. Ahora dependía de uno, lo necesitaba más que nada. Si no llegaba ninguno iba a llegar tarde y si llegaba tarde iba a ser de nuevo ese tipo pasivo que deja que la vida lo toque y no toca la vida. Es decisivo que venga un taxi, es crucial. Si no viene es una señal de que esta vida no le tocó para vivir y que quizá tenga que quedarse en la cama por el resto de sus días y solo salir para ir a laburar. Que no llegue un taxi representa la inutilidad de su vida, que sea lo que sea que haga no le interesa a nadie y que sino lo hace… que podría morir y que a nadie…. Ahí está. Ricardo para un taxi. Se sube. Hasta el aeropuerto. Apoya la cabeza en el asiento lo que queda de la canción.

La escena del aeropuerto

Llega al aeropuerto con cámara lenta. La pantalla con colores bien vivos. No, mejor blanco y negro. Llega al aeropuerto con cámara lenta en blanco y negro. Camina rápido, cada vez más. Empieza a correr pero riéndose. Llega a la fila del check-in y se para como aliviado. Ya está ahí. En diez minutos no va a haber más vuelta atrás. Mira a toda la gente que va a volar como él. Los mira y no entiende cómo no están todos dando vueltas como él. Eran pocos, quería que fuesen más, quería verle la cara a todo el mundo. Ricardo siempre había dicho de venir al aeropuerto a ver a la gente que va, la gente que llega, pero solo hoy sintió el arrepentimiento de no haberlo hecho antes. Un arrepentimiento suave que le abrazó todo el cuerpo. Le agarra un poco de odio a ese Ricardo que no hacía y se empieza a querer cada vez más.

Le hablan con eco:

– ¿El bolso lo lleva con usted? – le dice la mujer sonriendo.

– Sí sí. – Se ríe por dentro como si lo hiciese por miedo a que el tipo de la película venga a frenarlo.

Agarra las cosas y camina. Camina tan decidido y orgulloso. Sabe que no está para gastar esta plata pero lo está haciendo igual y no es una película. Y si lo fuese lo estarían filmando a él, él es el protagonista. Se sienta y mira a los aviones despegar con una sensación que le avisa que en un rato va a volar. Va a volar, va a volar, va a volar, va a volar.

Llaman su vuelo y hace la fila. “Qué disfrute el viaje”, le dice la azafata con una humanidad casi robótica porque se lo dijo a veinte personas antes que a él pero Ricardo le agradece como si fuera el único.

Sentado con el bolso piensa en cómo pudo alejarse de todo. Se mira los pies y ve los pies de un ganador. No quería hacer nunca más planes. Planes para ir al teatro, para salir a caminar todas las mañanas, para leer un poco, para ver a sus amigos, para llamarla a la hermana más seguido, para arreglar la ventana del baño. Todos eso que sólo llego a conocer como planes y nada más, que nunca los alcanzó porque iban más rápido que él, porque él era lento y vago y nunca se animó a correrlos. Despega el avión. Está volando.

Pensar que durante tanto tiempo fue el tipo que inventaba dolores de cabeza para no salir de la casa, el tipo que durante tantos años fue el experto en exprimir lo negativo de todo y tomárselo. Pero ahora estaba volando, estaba volando por el aire. No la iba a llamar a la hermana, la iba a ver. Ricardo piensa en que si vuelve a su hogar de joven se va a encontrar a él de joven. Enamorado, soñando, amando la vida. No era un plan, era un recuerdo, él ya estaba yendo. Está volando.

Se siente un nene. La sonrisa se le borra un segundo porque quiere una mano para apretar de la emoción pero mira al lado y hay un viejo que ya se durmió, como si intentase convencerlo que no es la gran cosa lo que está pasando. Ricardo no le cree, piensa que el viejo le miente porque están volando. Ve toda la ciudad desde arriba, tan lejos. Por primera vez no está tocando Buenos Aires. Está volando. Vuela con los ojos cerrados mientras las nubes le cantan como ángeles. Dormita. Vuela y sueña con todo lo que acaba de pasar. Escucha de nuevo el llamado al embarque, siente todo de nuevo. Vuelve a hacer la fila, vuelve a embarcar, vuelve a poner el bolso arriba, vuelve a despegar, el viejo se vuelve a quedar dormido, las nubes le cantan de nuevo. Vuela sostenido por lo que queda de la canción.

La parte en que se larga a llover

El viejo lo codea: “Llegamos, che”. Ya está oscuro y las nubes no le cantan más. Se baja y ve a todos tapados por la lluvia en la pista. Ningún avión está despegando. Nadie está volando. ¿Por qué llueve? ¿Para qué ahora en este momento en el que justo acaba de llegar? La lluvia a Ricardo siempre le hizo mal. Como una metáfora meteorológica de que vive abajo de una nube negra que lo sigue. Se siente como si el viaje hubiese sido un sueño. Se acuerda de estar sostenido en el aire lejos de la ciudad, lejos los edificios, los autos, los colectivos, los taxis, las películas. Pero ahora vuelve a ser lo mismo de antes, hombre, viejo, con los pies sobre la tierra.

Se siente más viejo cuando llueve. Más solo. No se trajo piloto y cuando camina mojándose por la calle escucha bocinas y voces. Piensa en cómo sería estar solo en el mundo. Pero no solo como él, solo de verdad. Sin nadie. Capaz todo sería más fácil. Sería el mejor. Los colores son fríos, a veces se interrumpen con un poco de calidez de algún que otro cartel pero no es suficiente. La falta de colores cálidos le da claustrofobia. Cómo no iba a odiar la lluvia si todo es gris cuando llueve, gris y negro. Todo gotea como si se estuviese derritiendo. La lluvia no es ni siquiera fuerte, es débil y le pincha la cara ¿Por qué no podía hacer calor? Tenía que encontrar un café, algo. Tomar algo caliente, sentir algo caliente cuando todo lo demás está frío.

Está todo tan cambiado. La ciudad está más joven como si tuviese la suerte de envejecer para atrás. La gente es más joven. Ricardo se sienta abajo de un techo esperando a que pase un poco todo. Cierra los ojos para no ver el panorama de decepción que tiene enfrente, para poder frenar el gusto a desesperanza que le está empezando a invadir toda la boca y la garganta. Se queda quieto escuchando la canción más triste que había escuchado en mucho tiempo. Es un tango que habla de un marinero, escondido como siempre, dice algo como que tiene un amor en cada puerto…. Qué afortunado. No pienso regresar a mi país, buscarla ¿para qué? para sufrir. Dice algo como está ella en su vaso y él la ve. Déjame voy a llorar. Ricardo cierra los ojos lo que queda de la canción mientras se acuerda por qué dejó de escuchar tango.

Escena del café

Aparece ya sentado en el café, tomando en pocillo. Afuera sigue lloviendo pero por lo menos se pudo escapar de la música. Está en la barra, de espaldas a la puerta aunque puede escuchar la lluvia. Prefiere mirar la colección de botellas que hay en la pared. Es un bar viejo, entre todos los nuevos que había en el resto de la cuadra. Ricardo se acordaba de este café, no había cambiado tanto. Entró porque lo vio como un sobreviviente del pasado y era lo que necesitaba en ese momento. Por un segundo se lo imagina lleno de gente conocida pero el ruido de la lluvia lo interrumpe. Se escucha cada vez más y se empieza a mezclar con bocinas y cubiertos. Todo es tan familiar que empieza a sentirse cómodo. Escucha un trueno, una bocina y el ruido de la puerta.

La ve a ella que pasa por la puerta tan flaca y alta como una flauta. Con voz de flauta. Se abrazan después de tanto tiempo y ella le agarra la cara para mirarlo y reconocerlo. No la estaba llamando, no la iba a llamar más. Ella se sienta mientras mira el bar que eligió. “Mirá el bar que venís a elegir vos también” y le sonríe mordiéndose los labios. Se pide un café y lo mira. No puede creer que vino y se le nota en la cara y Ricardo se da cuenta. Ella le pregunta por qué se decidió a venir, después de tantas invitaciones, él le dijo que fue por plata y ella aceptó la respuesta sin creerle. Se miran de la misma forma en la que se miraban de chicos cuando iban a tomar un helado para hablar de los sueños raros de la semana. Se acuerdan los dos y la hermana le pone azucar al café y entre sorbos le dice que está teniendo unos sueños muy raros últimamente. Él le agradece con los ojos.

El viaje de Ricardo

Se toma un colectivo y ya está más liviano. No llueve ahora. Se sienta y no sabe cómo sentirse. Pero Ricardo cuando viaja es otro. Como si las nubes negras de sus pensamientos fuesen más lentas que las ruedas del taxi o las turbinas del avión o el colectivo. Y él va más rápido. Pero hay una nube que siempre lo alcanza esté donde esté. La nube que le remarca que está solo y que su compañía está hecha de humo. Ve cómo gotean las hojas de los árboles ahora que ya se fue la lluvia. Esa agua está sola y se mueve igual. Está bien lo que está haciendo, después de soñar tanto tiempo con el mar y con la hermana y los juegos de chicos, al fin está buscando algo, está haciendo algo. Se escuchaban cada vez más los zumbidos de la máquina de los boletos del colectivo y por alguna razón el colectivo no se llena, sigue vacío.

Se sube algo naranja al colectivo y todo se pone silencioso. La conoce, jura que la conoce. Ella se sienta justo en el asiento enfrente de él. Seguía viviendo ahí. Quién hubiera dicho. Él se la veía viajando, conociendo el mundo, enamorada con hijos. Pero está sentada sola. Y se da cuenta que se sentó adelante de él y no con él. Ni siquiera lo reconoció. Le mira la nuca, el pelo atado en un rodete, la hebilla que sostiene el peinado, los aritos blancos. La mira con tanto dolor. Siente gotear todo y cierra los ojos y se queda escuchando como en un eco para olvidarse que está ahí. Escucha y piensa por el resto de la canción. Escucha gotear.

Momento crucial

Ricardo la empieza a odiar, le agarra angustia. Sabía que la lluvia le hace esas cosas, siempre le arruina los momentos de felicidad mínimos, pero esto ya era demasiado. Momentos que tiene una vez por año y se los arruina. Ricardo empieza transpirar y se decide a hablarle a decirle que la odia por no reconocerlo. Estira la mano para tocarle el hombro y se agarra la cabeza con las dos manos. Le tiene que decir algo, le quiere demostrar lo vivo que está, más que ella que está grande y no ve como veía antes que no lo pudo ver a él. Tiene que hablarle, tiene que decirle. Se para de repente y se prende de nuevo la cámara lenta pero por alguna razón la paleta de colores es mucho más cálida pero los colores siguen apagados, medio muertos. Ricardo mira el vestido naranja y entiende por qué. Sufre un pequeño y doloroso flashback de ella corriendo en el mar y se le enternecen los ojos. Se la acuerda con su vestidito azul que no le gustaba pero le quedaba tan lindo. ¿Por qué no lo vio? ¿Por qué justo ella por sobre toda la gente del mundo seguía haciéndole mal? ¿Por qué estaba justo en ese colectivo a esa hora ese día, después de tantos años? Quiere hablarle más que nada en el mundo. Un simple “hola”. Empieza a caminar dando pasos para atrás, con la misma cámara lenta y toca el botón. Y espera con la frente contra el caño a que frene el colectivo para poder escapar. Frena, se baja y camina para adelante y cuánto más se aleja más punzantes se vuelven todos los sonidos, más lejano está todo. La mira una última vez y se va a la esquina a cruzar la calle. Le duele tanto el cuerpo. Los metros que camina desde que la vio se vuelven eternos, y son tan largos que duran toda una canción, una canción que se vuelve más lejana y más aguda cuánto más profundo le pega ese momento.

La parte en que llegan al mar

Pero mientras cruza la calle adelante del colectivo, la mujer naranja lo ve y corre para adelante y le pregunta rápido al chofer si se puede bajar. “¡Ricardo!” le grita pero Ricardo no la escucha. Ella empieza a correr y cruza la calle con el paraguas moviéndose para todos lados. “¡Ricardo!”, y Ricardo se da vuelta y le vuelve la cámara lenta pero esta vez con colores bien vivos. Se ven primero los pies de ella, subiendo lentamente hasta los hombros, bien naranja. La cámara llega a la cara con una sonrisa y una mano levantada en el aire llamándolo. Ella lo alcanza y lo mira fijo agitada y sin hablar. “Hola” le dice él y sonríe después de tanto tiempo de soledad. Ella lo abraza como una nena y se sienten nenes los dos abrazándose callados en la calle por tanto tiempo. Pero en realidad no hay tiempo en este momento, no existe el tiempo propiamente dicho. Se había frenado .Están como pausados en el aire como si estuviesen volando. Ricardo no podría creer lo rápido que le puede desaparecer el odio, cómo en 10 segundos se le limpió la sangre. “Vení, vamos”. Las nubes empiezan a cantarle de nuevo o era ella que era una nube y lo estaba llevando mientras le agarra la mano y le dice que mire el mar.

Se acordaba de todo. De todos los vecinos, de la ropa que usaba Ricardo, tan ridículo. Él se acuerda de su vestido de lunares y ella le dice que se lo regaló a la sobrina porque le dejó de entrar. Pero le remarcó qué dulce era al acordarse de su vestidito. Se miraron como si siguiese siendo el mismo minuto, el mismo segundo del abrazo. Las nubes le seguían cantando. Caminan hasta el mar de la mano y él se acuerda lo que es que te miren con felicidad. Piensa que capaz ella estaría contenta de que él le cague la vida, como la mina de la película y piensa que compraría todos los pasajes de avión para que ese segundo siga siendo.

La escena del beso

Eran chicos, de nuevo eran chicos. Eran, como el barcito, dos sobrevivientes del pasado. El mar está tan parecido, capaz un poco más marrón. Ella lo mira tímida y le da un beso. Uno como el primero de todos. El cierra los ojos y piensa que si muriese en ese instante moriría como el hombre más feliz del mundo. Ella se da cuenta, le agarra más fuerte la mano y le da un beso más. Se abrazan por el resto de la canción, mirando el mar.

Canción para los créditos finales

La pantalla se pone negra, lentamente: de un lado, dentro de un cuadrado Ricardo está parado enfrente de Amelia, en el otro lado, empiezan a circular los créditos. Adentro del cuadrado en el fondo negro, ella está en un sillón naranja y lo mira seria y él a ella. Él tiene puesta una camisa verde con hojas hawaianas. En cámara más lenta Ricardo se pone a mover la cola. Ella no puede mantenerse seria, él empieza a acompañar el movimiento con los brazos. Ella se tapa la cara. El se pone un sombrero que estaba colgado en la pared y se pone a bailar una subespecie del ula. Ella estalla de la risa mientras él baila cada vez peor. Todo sigue en la misma cámara lenta. Le empieza a hacer cosquillas y ella no puede defenderse de la risa hasta que la termina tirando al piso y se empiezan a reír arriba de la alfombra amarilla. Están los dos llorando de la risa.

En los créditos, mientras, se lee:

Producido por: La Pandilla Del Verano
Ukelele y guitarra española: Martín Mikulik
Piano, sintetizador, guitarra española, melodica, clarinete y percusión: Julian Lanzillotta
Bajo, metalofon, tompeta y percusión: Santiago Nerone
Guitarra acústica, sintetizador, piano y percusión: Germán Bertasio
Guitarra eléctrica: Nicolás Mateo
Coros: Sofia Galarce
Grabado por: Martín Mikulik y Julian Lanzillotta
Mezclado por: Martín Mikulik
Masterizado por: Daniel Ovie
Arte de tapa: Josefina Vidal Díaz y Roberta Di Paolo
Grabado en los estudios: El Cubil Felino, Sweet Berlin, y Kobel Studio

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