Cobertura: Nacho García en Café Vinilo

 “… Para mí, un artista es como un manzano: cuando llega el momento, lo quiera o no, florece y comienza a producir manzanas. Y así como un manzano no conoce ni se informa acerca del valor que los expertos atribuirán a su producto, tampoco un compositor debe preguntarse si sus productos complacerán a los entendidos. Sólo sentirá que tiene algo que decir y lo dirá”.

-Arnold Schönberg

 ¿Qué pasó con el artista cuya obra no le interesa  “profundamente, sino en la medida en que ejercita el espíritu en ciertas transformaciones”? [1] Estuvieron por mucho tiempo escondidas las relaciones que atan al artista a su obra en las cuales la persona se corre a un costado para dejar ver su trabajo. El 5 de abril esta relación se paró abajo de la luz frente a un público testigo.

Nacho García se presentó la noche de un sábado de lluvia en Café Vinilo en una de las presentaciones de su primer disco, Música para calesitas lanzado en mayo del 2013. Entró en silencio, se sentó de espaldas y tocó. Fue durante Cleremont que presenciamos cómo el individuo Nacho García se transformaba en el artista que deja que el instrumento tome la palabra. Y ahí, frente a esto, estábamos nosotros como espías desde la vereda de enfrente viendo como alguien se vuelve uno con la música.  No tocaba para nosotros, sino que estaba tocando y nosotros estábamos ahí. Era el instrumento lo que se comunicaba. La mirada de García estaba incluso mediada por unos anteojos de sol, no nos miraba directamente. Pero esta distancia era necesaria para dejar que sea la música la que ejerza un trato directo.

Luego se sumaron Chowa en el cello, Pablo Malaurie en la batería electrónica y Pablo de Caro en el theremin usando también anteojos de sol. Quizás para darnos una nueva identidad musical o quizás,  como García, para  comunicarse  instrumentalmente sin interrumpir el ambiente donde el silencio y la reserva eran cruciales.  Ya eran cuatro los que nos evadían la mirada, se mantenían en silencio con la cabeza para abajo o los ojos cerrados.  La rebelión estética que encabezaba García esa noche tenía ahora un séquito que lo acompañaba, entendía y respetaba. El cello por un lado, parecía dominado por la emoción haciendo del sonido una transcripción musical del espíritu del piano mientras que la batería electrónica se encargó más bien de purificar la originalidad de la música dándole un ritmo que seguía alejándose de lo predecible.  Por último, si había un pieza que le faltaba al rompecabezas el theremin se encargó de destruirlo y armar uno nuevo sumando una suerte de voz intergaláctica y sacando a la música de los límites terrenales.

Música para calesitas parece pasársela destruyendo límites.  Al partir desde un concepto lúdico y simplista (tanto desde el nombre como el dibujo infantil de la tapa) da lugar a la destrucción del mito de que la belleza artística se halla siguiendo el dogma clásico. Se demostró que el talento no está en la destreza sino que la destreza es una mera herramienta para crear algo bello y original. La música se coloca dentro de los límites de lo sencillo para, una vez ahí, hacer explotar el arte desde adentro. Esta explosión fue lo que vimos nacer ese día.

Todo el recital pareció ser un nacimiento. Las pocas palabras que nos dirigió García se enfocaron más en las efemérides del 5 de abril que en cualquier otra cosa como si esa fecha fuese también un acontecimiento histórico que recordar. Es interesante que las palabras estén, por un lado, acompañadas por  risas grabadas. Esto refuerza el hecho de un público testigo, espía, que estaba ahí de incógnito. Otra prueba de que García estaba ahí para el instrumento y que él mismo era su propio público. Al hablarnos, la cámara del micrófono era un eco interminable, como si se estuviese dirigiendo a una sala vacía.

Quizá pasar por alto la verdadera belleza de la noche tanto musical como anímica parece injusto para todos los que estábamos y parece injusto para los músicos. Pero, aún así, creo que la grandeza artística de la que fuimos partícipes trasciende lo estético. Nacho García demostró que la relación del artista y su obra puede alcanzar un punto máximo de subjetivación y es por eso que lo que vimos fue, efectivamente, un acontecimiento inolvidable.

 


 

[1] VALÉRY, Paul, “Sobre el cementerio marino”, El cementerio marino, Madrid, Ed. Alianza, 1987, Pág. 30

Foto por Clara Pusarelli

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