Opinión: Mi Artaud, el mejor Artaud

No fue hasta que entré en la mitad de mi adolescencia que en serio empecé a interesarme por el rock nacional. Además de algún tema ocasional del unplugged de Charly, el grandes éxitos de Soda Stereo o el último video en MuchMusic de Babasónicos, el lugar que ocupaba la música argentina era mínimo en comparación con el torrente de bandas y discos del indie inglés y yanqui que escuchaba todos los días con obsesión (ahora culpable). De a poco empecé a entender lo poco influenciado que estaba mi gusto con respecto al país en el que vivía y me puse en la busca de erradicar esto. En esa época el principio de cada mes estaba marcado por el ritual (también culpable) de leer la última Rolling Stone y ¿qué mejor manera de empezar que con su lista de los mejores discos del rock nacional?

Con este canon milagroso y con la insistencia de mi novia en escuchar algo de Spinetta, decidí que tampoco había mejor manera de empezar que con Artaud. La manera en la que me hice de este disco está un poco nublada en la memoria. Sé que el virtuosismo y la poesía spinettiana los había empalagado a mis viejos y por ende no tenía ninguna colección de CDs del flaco que heredar. Además, yo no era (ni soy) una persona capaz de negarse a la facilidad de buscar “pescado rabioso artaud torrent” y tener el disco al alcance de un click más rápido de lo que uno dice “platos de café”.

Con el primer paso ya hecho, lo único que me quedaba hacer era hacer doble click en la caratula verde y el sticker de ifpi en mi iTunes y comprobar qué tan bueno era “el mejor disco de rock nacional”. De más está decir que no me defraudó. Incluso a medida que llenaba mi biblioteca con más discos nacionales tanto de la lista como de mi propia búsqueda, Artaud seguía siendo increíble. Obvio que gran parte de esto va a ser porque fue “uno de los primeros”, pero quién es capaz de no ver en él un disco de admiración religiosa. No voy a hacer una reseña más de las infinitas que se hicieron sobre Artaud, y mucho menos cuando no hay nada nuevo que no se haya dicho. O eso creía yo.

Hay un par de cosas más que tengo que mencionar. La organización de mi biblioteca de música en la computadora tenía y (sin culpa) sigue teniendo un orden minuciosamente perfecto. Esto implica meses acumulados de corregir mayúsculas y compositores en cada canción, buscar año de lanzamiento de cada disco, no tener caratulas más chicas de 500×500 y también insertar las letras de mis discos favoritos. Esto puede que ahora sea lo común o que por lo menos no implique tanto trabajo, pero en los años en los que Ares todavía dominaba la manera en la que se descargaba música, era un arte. Esta manía se tradujo en la creación de un espacio Blogger que se llamaba Sound Weekend, que llenaba casi periódicamente con links a mediafire de cada disco “perfectamente organizado” y un párrafo mínimo sobre qué opinaba de la banda. Artaud fue el primer disco nacional que subí y uno de los que más descargas tuvo en todo el blog.

pescadorabioso

Pasaron casi cinco años, durante los cuales Artaud se mantuvo en un pedastal que subía con cada nueva escucha. Mis gustos musicales se expandieron, empecé a escribir seriamente sobre la música que amaba, conocía nuevos amigos que compartían mis opiniones, la vida me sonreía. Esto fue hasta que el verdadero Artaud apareció. En una discusión sobre una de lo que yo creía ser una de las tantas virtudes de Artaud, la fluidez perfecta que toma el orden de las canciones, me empezaron a mirar raro. “¿De qué orden estás hablando, loco? Me parece que te estas confundiendo.” Y la verdad me pegó como una trompada en la cara. Yo era el único en la discusión que tenía ese orden de Artaud, con la excepción de las personas a las que yo les había pasado mi versión. “Por ejemplo, no es Todas las hojas son del viento y Por. Es Todas las hojas son del viento y Cementerio club.” Entonces voy corriendo a Google y encuentro en Rock.com.ar mi versión de temas. “No, no, buscá bien, fijate en Wikipedia”: Todas las hojas son del viento y Cementerio club. Voy a Google Imágenes: Todas las hojas son del viento y Cementerio club. Mercado Libre: Todas las hojas son del viento y Cementerio club. Discogs: Todas las hojas son del viento y Cementerio club. Musicbrainz: Todas las hojas son del viento y Cementerio club. Last.fm: Todas las hojas son del viento y Cementerio club.

No había vuelta que darle, el orden era ese, y el mio estaba mal. No había evidencias físicas de que alguna vez se haya editado la lista de temas en alguna edición física. El hecho de que un error como éste había se infiltrado en mi biblioteca de organización perfecta ya era un motivo de inseguridad, pero que encima sea Artaud era motivo de depresión clínica. Ese primer contacto que tuve con la música nacional, ese disco que tantas alegrías me había traído. Ese disco posiblemente fue responsable de la manera en la que yo escucho música y la importancia que le doy al arte argentino hoy. Ahora me vengo a enterar que es un error. Un traspapelado digital. Una equivocación de quién sabe quién, quién sabe cuándo, quién sabe dónde, quién sabe por qué, pero una equivocación en fin.

Esta crisis de identidad me lleva a retroceder los pasos que había hecho cinco años atrás para tratar de encontrar la raíz de todo esto. Me mando un par de mails con los de Rock.com.ar, pero ellos tampoco tienen idea, y estoy en el mismo lugar que siempre. Entonces busco torrents y el único que encuentro, seguramente el mismo que había usado entonces, con el mismo orden que el mío. Apenas veo la cantidad de descargas que tiene este virus musical, me acuerdo de la cantidad de descargas que tenía mi propio virus, el de mi blog. Pienso en toda la gente que se lo descargó, en toda la gente que tiene el mismo error que el mio, todos esos sentimientos y discusiones acerca de una obra distinta. Se me va el aire.

La parte de mi cerebro que todavía intenta consolarme me dice “bueno, es un distinto orden de temas nada más. Las canciones siguen siendo las mismas, el sonido es lo mismo, ¿qué tanto puede cambiar?”. Y me pongo a escuchar a Artaud, una actividad que en cualquier otro momento de la vida me llenaría de alegría y tranquilidad, nada más que esta vez lo hago con el orden original. El comienzo es el mismo, “Todas las hojas son del viento” sigue siendo “Todas las hojas son del viento”, el comienzo de la perfección. Pero el orden original empieza a suceder y la experiencia se vuelve una tortura. Ya no es más un disco coherente, de una simpleza hermosa y una poesía inigualable. Lo peor es que Artaud lo sabe, es consciente de lo que está pasando. Cuando “Cementerio club” pregunta “¿Adónde ves ahora algo en mí que no detestes?” las lágrimas de frustración se me escapan. “La sed verdadera” no podría estar hablandome de manera más directa: “Sé muy bien que has oido hablar de mí, y hoy nos vemos aquí / Pero la paz en mí nunca la encontrarás” y una furia se mezcla con una desolación inmensa.

¿Cómo puede ser? Tanto tiempo escuchando, pensando, hablando, admirando una obra que en realidad es un error. El hecho de no ser el único con este orden en vez de hacerme sentir acompañado en este pecado, me hace dar cuenta de la fragilidad del arte en un mundo digital. Por más que en tiempos posmodernos todas las opiniones valen, mi versión puede ser tan valida como cualquier otra, el valor original y el planeamiento se pierden. Palabras y comentarios son sacados fuera de contexto constantemente por los medios, los derechos de la propiedad intelectual desaparecen. ¿Por qué el arte sería inmune a estas consecuencias?

Como si tuviera alguna otra alternativa, yo voy a seguir escuchando mi Artaud, el mejor Artaud.

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