Discos: Música para Manuel, de Federico Durand

Federico Durand: Música para Manuel
Pudú (2014)

El viaje en combi que hago cuando necesito ir a capital es de casi una hora. Lo hago generalmente a la mañana muy temprano, el sol no amanece todavía y salgo de noche. Me acomodo en el asiento y quedo en un estado de coma inducido por el cansancio de madrugada y el ayuno, esperando que vuelva el sueño para ganar una hora más de descanso. Las pocas luces de la calle se sofocan a través de las cortinas y ya da lo mismo abrir o cerrar los ojos: lo único perceptible es oscuridad. O por lo menos es hasta que se sube la última persona, la combi se mete en la autopista y se prenden las luces celestes.

Cada dos filas de asientos hay un par de lamparas chicas que señalizan titilando dónde están los martillos de emergencia. Entonces cuando la combi ya está sumando velocidad, lo único que se ve son estas luces celestes que se apagan y prenden lentamente sin ningún tipo de ritmo seguible. Son como bichitos de luz azules colgados estáticos del techo, parpadeando en su propia métrica, sin llegar iluminar nada.

Música para Manuel empieza con treinta segundos de silencio, silencio sucio. Silencio que bien podría ser el aire pegando de afuera pegando contra el transporte; el silencio de las ruedas contra el asfalto liso. Cierro los ojos, o todavía los tengo abiertos, no sé, porque las luces siguen ahí. Pero sí, tengo que estar soñando. Pasa medio minuto y con cada luz que se apaga y vuelve a prender, suena una nota. Es lo único que se escucha, puntos celestes que agujerean la oscuridad y el silencio como teclas de piano. Las notas llegan y se mantienen un tiempo, una canción abstracta, movimientos aleatorios. No puedo predecir el parpadeo, los segundos se me escapan, pero no hay otra idea en mi cabeza que la admiración por lo que estoy viendo y escuchando.

Hay notas más oscuras que otras, pero el humor es indescifrable, neutralizado en la inocencia. Puedo escuchar las melodías como si fueran melancólicas, tan fácil como si estuvieran contando una historia optimista. La mejor palabra para describirlo es una que el mismo Federico Durand suele usar: saudade. Del portugués se traduce en nostalgia, específicamente frente a algo distante, tanto espacial como temporal. Cobra más sentido si tiene en cuenta que el disco es una dedicación para Manuel, el abuelo de Durand. El recuerdo melancólico de esta figura se vuelve la esencia de Música para Manuel.

La segunda canción comienza con un loop mínimo, que bien podrían volver a ser las ruedas girando sobre la autopista mojada. Porque ahora el silencio es más sucio todavía, puede ser que sean las gotas pegando contra el frente deslizándose por el techo de la combi. Dentro del sueño, puede que el humor esté más cerca de ser una lenta canción de cuna, pero no puedo pensar con claridad. Algunos puntos celestes coordinan ciertas notas, otros caen apenas más tarde. En otros momentos no hay luces, solo queda el haz de los últimos acordes. No me había dado cuenta pero el negro que me envolvía ya está aclareciendo, acercándose a un gris de nube y casi llegando a un amarillo de amanecer. Las luces cierran su última canción y me despierto sin saber si en serio pasó o lo soñé.

Se puede escuchar Música para Manuel de Federico Durand en bandcamp.

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