Teatro: La monstrua, el teatro de la fealdad

La siguiente nota contiene momentos en los que se discute el final de la obra. Si todavía no viste La monstrua, recomendamos frenar a partir del segundo párrafo, ir a verla, y seguir leyendo.

La monstrua, del uruguayo Ariel Mastandrea nos invita a preguntarnos sobre el valor que le damos a lo distinto. Y no solo a lo distinto sino a lo feo, a lo monstruoso.

El lugar de la obra es el camarín de una mujer barbuda que espera para salir a hacer su presentación en el circo Las Ilusiones. Y el nombre del circo es quizá una puerta que se abre para que ella nos hable (hable, en realidad), de eso: de sus ilusiones, de su pasado, de su fealdad, de su vida en el circo y de su relación con los otros.

El texto es intenso, vuela por momentos en el plano de la pura reflexión (¿qué es lo feo?, ¿es simplemente lo opuesto de lo bello?), pero hay un contrapunto: la anécdota, y con ella un poderosísimo mundo aludido que se va construyendo a partir de las narraciones que nos brinda Cornelia De Longue, la monstrua. Y esas narraciones nos ponen en frente (aunque, en efecto, no lo vemos) al circo como “muestra gratis” de lo marginal, como lugar casi turístico para que los “normales” deleiten la vista con lo “exótico” y ¿qué más exótico que lo monstruoso, aquello que no es lo que “debería ser”, aquello que es “el odio de Dios?. La intensidad de la obra, y lo angustiante, en algún punto, está en esa autopercepción que tiene Cornelia sobre sí misma como monstruo y la narración de las vicisitudes que conlleva esa condición (hecha por momentos con humor, pero un humor que inevitablemente está teñido de amargura y de ironía trágica, una especie de humorismo pirandelliano). Accedemos al mundo de lo monstruoso por el relato del monstruo, y esa exterioridad del personaje, que se plantea como chocante, se va profundizando al punto de hacernos sentir que asistimos a al monólogo de alguien que nada tiene de anormal.

Tal vez se puede trazar esta línea: primero se nos presenta ese personaje extraño y ajeno, luego nos acercamos a él a través de su relato y de su historia (tenemos “el sentimiento de lo contrario”), pero hacia el final una revelación nos aleja de Cornelia y descubre ante nuestros ojos lo que tal vez sea lo verdaderamente monstruoso del personaje. Algo que también es, acaso, lo más pasional, y entonces, lo más humano: porque la venganza no puede sino ser, aunque nos pese, un rasgo de humanidad.

La interpretación de este unipersonal ácido y grotesco está a cargo de Omar Lopardo. Que la representación de este personaje que se afirma como mujer sea llevada a cabo por un hombre (actor que deja todo en el personaje) es algo curioso, que abre un interrogante. Y tal vez se relaciona con el hecho de que la verdadera identificación que el espectador sentirá no será con la mujer barbuda sino con ese interlocutor mudo: Gloria (nombre poco inocente, creo) a quien Cornelia dirige todo su monólogo. Un hombre interpretando a la mujer barbuda quizás provoca distancia, pero a la vez alimenta la sensación de lo monstruoso porque, como ya he dicho, nos identificamos más bien con un personaje que no vemos: Gloria, o lo que hay visible de ella (el lugar en el que está: una caja).

Es que este personaje de Gloria, esta mujer bella y exitosa, es primero normalidad pura; pero luego una tragedia la convierte en monstruo: un accidente la mutila y la pone físicamente a la altura de aquella a la que despreciaba (Cornelia). La monstrua “buena” (que ama, dice, con la forma de amar de los monstruos: “perdonándolo todo”…Aunque: ¿es realmente así?) se transforma en “mala”: su interioridad se vuelve también monstruosa porque comete un acto que horroriza, pero que a la vez está precedido de una humanización paulatina del personaje (que ha provocado, a esta altura, encariñamiento, y hasta piedad). Y la mujer mala (que se burla de Cornelia a sus espaldas, que la traiciona) se transforma en monstruo (pero nosotros espectadores ya hemos desarrollado, a esta altura, una compasión por lo monstruoso). Se abre entonces la siguiente cuestión: ¿es más angustiante nacer monstruo o hacerse monstruo?, ¿es más difícil ser “extraño” cuando ya se ha probado el dulce fruto de la “normalidad”?

En este espacio de camarín, espacio de espera y suspensión, de “detrás de escena” (entonces, también, de marginalidad) el personaje va desarrollando un texto que apela a lo moral, a lo filosófico, a uno de los miedos más angustiantes del ser humano (el miedo a la deformidad, a la diferencia). El discurso de Cornelia tiene a la vez lo elevado de la reflexión filosófica (por momentos extraño en un personaje que es puro “hablar como se habla”, puro monólogo fluido y cotidiano), y lo poderoso y concreto de la anécdota, de la alusión. La energía que el actor pone en el personaje es también un fluido que no deja caer el texto, el cual aun en los momentos de mayor simpleza desborda de intensidad.Ese humor amargo que se va tejiendo se anula, definitivamente, cuando nos respondemos quién es Gloria: Gloria no es sino la gloria trunca, mutilada y “guardada” en una caja, una mujer bella que se ha convertido en monstruo, y que, como Cornelia, no puede sino hacer de esta condición un espectáculo para que el ávido público de los normales observe morbosamente aquello que cree que nunca será.

Este unipersonal nos trae ese mundo muerto del viejo circo. Un espacio destinado a los marginales que se ha convertido, él mismo, en marginal para hacernos reflexionar sobre un tema extremadamente vivo: ¿cómo percibimos al otro-diferente?, ¿qué lugar le damos?, ¿cuán alejados estamos, en realidad, de lo monstruoso?

La monstrua está todos los sábados a las 22:30 hs. en Templum (Ayacucho 318).
Reservas: 4953-1513

FICHA TÉCNICA

La monstrua, de Ariel Mastandrea

Dirección: Marcelo Mangone
Actores: Omar Lopardo
Diseño de espacio sonoro: Luis Sticco
Escenografía: Belén Pedernera
Caracterización: Verónica Calabrese
Vestuario: Omar Lopardo
Luces y diseño: Marcelo Mangone
Arte: Beatriz Bekerman
Asistente de dirección: Martina Bloch

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