Cobertura: D.I.E.T.R.I.C.H. en Niceto Club

Fotos por Belén Callara

Me tengo que preparar. No es la primera vez que tengo que cubrir un recital, pero sí la primera vez que tengo que cubrir una intervención. O por ahí no, no hay que prepararse. ¿Todos acá saben qué está a punto de pasar? ¿Todos entienden la diferencia entre un recital y una intervención? Quiero en serio ver qué está pasando, qué estoy escuchando. Cierro los ojos y espero a que el telón se abra.

Antes la oscuridad pura. Providencia. Ahora despierto. La luz, al fuego de la vela, el inicio de todo. Mi cabeza se vacía. ¿Qué estoy viendo? No sé, una luz. De dónde viene la luz todavía no lo sé. Pero hay manos, hay sombras, tienen que ser personas. “Mondeo”. ¿Cómo suena el primer amanecer? Son las figuras las que están tocando, encapuchados sin cara, sin identidad, sin ego. Si hay un mito del tiempo primordial, esos creadores se perdieron en el desconocimiento y el olvido. Es inútil pensar en cada uno de ellos cuando lo que crearon trasciende la persona individual. Lo mismo pasa con Dietrich. ¿Qué estoy escuchando? Puedo distinguir una batería, si abro los ojos veo guitarras, teclados. ¿Pero alguno de estos instrumentos suena como debería sonar? ¿Cómo “deberían” sonar? Porque también escucho vientos, escucho órganos, hay voces, hay animales, hay luz. Me lleno de preguntas pero al mismo tiempo hay algo que entiende, o no hace falta entender. El sonido es gigante y arrasa con todo.

“Paseo de los Libres”. El hombre nace en libertad, regalo que paradójicamente se pasa toda la vida buscando. Es un estado mental que se ve reforzado con la disolución de las identidades individuales y de las tradiciones del instrumento. Parece un concepto tan pesado pero a la vez el público no tarda un segundo en entregarse a la música. No pasó mucho tiempo desde que la noche empezó, pero el ánimo de celebración y festejo ya está impregnado en el aire. Ya ni siquiera estoy mirando hacia el escenario. Todo el público mantiene la cabeza apuntando hacia arriba, con cada melodía acariciando la cara como si el viento fresco de agosto pudiera penetrar las paredes.

Tan pronto como el hombre se encuentra en libertad, comienza a construir su propia naturaleza. “Panamericana”. Ahora sí, estos son los momentos en los que la noche se siente más cercana a un show. El público es hasta capaz de identificar canciones, y estas son las recibidas con mayor entusiasmo. “Seoul 1988”, “Campeón Metropolitano”. El campeón encuentra manera de destacarse, victorioso, entre los hombres. Pero ¿seguimos siendo todos iguales? Miro al público enfrentado al escenario. Veo gente bailando, saltando; veo gente quieta, con los ojos cerrados; veo gente feliz, con miedo, indignada, enloquecida. Es una celebración de emociones, el triunfo de la expresión. El aire se enturbia en ritmos, el tiempo pasa rápido, lento, no hay tiempo. Las luces desde el escenario atraviesan a la gente, llegan a las paredes y por ahí también las atraviesan, por ahí hasta se pueden ver desde la calle.

Por más que sea una presentación de Providencia, de principio a fin, la noche excede el alcance que tienen esas canciones grabadas. Puede parecer una presentación formal del disco, público y banda rindiendo homenaje a una obra que se separa completamente del artista. Pero a la vez es mucho más que eso. “Zentraedi”. El humano es capaz de mirar desde afuera a la naturaleza que lo creó. Pero la relación se rompe, el humano es su propia naturaleza ahora, las construcciones de la civilización son autosuficientes y la especie se cierra. La música sigue sonando, pero el escenario se vacía. Con el tiempo las sombras regresan, pero se quedan quietas, esperando, escuchando. La obra ahora también crea su propia naturaleza, se separa completamente del artista.

Una vez establecido el alcance material de la civilización, la evolución comienza a pasar al el plano filosófico y social. “Tiempo de perdonar el tiempo”. Momento de reconciliarse con los conceptos que el hombre inventó desde el aire mismo y que ahora no lo permiten avanzar. Teclados y luces se vuelven una sola entidad; las pupilas se agrandan y los oídos se abren, todos los sentidos atentos en seguir recibiendo. Es inútil pensar dónde termina la pasividad de dejarse llevar y la actividad de ser parte, no se puede distinguir un límite tan abstracto. “El triunfo del hombre común”. El final ya se siente, no es posible volver a llegar a un momento más explosivo e intenso que este. “El último Martín Fierro”. El último estallido. La música se levanta, se puede ver toda la síntesis de toda la noche en una guitarra acústica, en los golpes de una percusión infinita, en las cuerdas eléctricas que todavía siguen sonando después del cierre. Silencio. Se escuchan grillos y la obra vuelve a separarse del artista. “La suma de todos los miedos” está en el futuro incierto. En la posibilidad de que la civilización se independice y se rivalice contra el hombre. El último respiro está dado, las posibilidades están imaginadas.

“Así damos por finalizado Providencia” se escucha entre aplausos. Dietrich vuelve a ser Dietrich. Las canciones nuevas vuelven a ser canciones. El telón se cierra y el público vuelve a ser individual. Todo vuelve a lo que se dice normalidad, pero nadie es como antes.

Más fotos de la cobertura fotográfica en nuestro álbum de facebook.

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