Exposición: Le Parc Lumière, de Julio Le Parc en el MALBA

Fotos por Malena Schaffner

Se sabe que en el MALBA hay una muestra: Le Parc Lumière, de Julio Le Parc. No nos detendremos en contar los avatares vanguardistas del autor, ni su formación, ni sus influencias (un poco por falta de espacio-tiempo y otro poco porque en la exposición hay una extensa pared blanca destinada a relatar detalladamente las vicisitudes del autor en su época pre, de y post taking off) ni tampoco debatiremos sobre el “espacio MALBA”, lo que significa que una obra de (ex)vanguardia vaya a parar a ese lugar tan museo, y esto ya no por falta de espacio-tiempo sino porque ya lo han dicho otros muchos, muchas veces.

“Se sabe que en el MALBA hay una muestra”, lo que no se sabe es que no es una muestra: es una experiencia. No por eso sobrenatural ni excesivamente grandiosa, sino “experiencia” en el sentido literal de la palabra. Lo es porque uno se encuentra frente a diferentes instalaciones de luz que proyectan o pintan distintas formas-luces en la pared, y la cabeza no puede sino ver allí fantasmas, huesos, nubes, y otras figuras, las cuales, creemos, nos dicen otra cosa. Podemos pensar en lo que ocurre cuando queremos que alguien vea en una nube el mismo rostro que estamos viendo nosotros: pero no, el otro ve una montaña. El otro tiene su propia experiencia.

Por eso, en parte, resulta difícil describir la muestra. Hay distintas instalaciones de luces que se mueven y forman figuras (o no, tal vez no forman nada), algunas más grandes que otras, otras más impactantes que algunas… Pero lo interesante de la “muestra” (no lo olvidemos: está en un museo) es, en cada experiencia, lo que a partir de ella podemos reflexionar. Por ejemplo, “el movimiento” es leitmotiv de todo el conjunto: no sólo porque la luz se mueve, sino también porque el espectador tiene que moverse para observar la instalación lumínica, mirar desde distintos puntos, y todos esos espectadores en movimiento son de alguna manera parte de la obra. No hablamos de que lo son simplemente porque completan el sentido con su observación, interpretan, leen, sino también porque cada espectador ve al resto de los espectadores moviéndose. No importa si esto ha sido pensado así por el autor (si eso nos detuviera no podríamos estar escribiendo esto) pero, quiérase o no, es probable que sin esas personas caminando la muestra no fuese más que una habitación originalmente decorada con instalaciones de luz. Los movimientos de las luces, como hemos notado en varias de las obras, se repiten. Por supuesto que uno no se da cuenta de ello apenas se acerca a mirar, sino que hay que hacer una observación más detenida, dejar de lado el querer encontrar figuritas en la luz, y aplicar una mirada más técnica: entonces, se verá que el autor (o la luz, mejor dicho) nos ha engañado, nos ha ilusionado: hemos leído una y otra vez el mismo texto, siempre leyendo algo distinto, siempre pensando que lo que se movía frente a nuestros ojos era una infinidad de trayectorias irrepetibles. No hay tal cosa, y esta controversia es, quizás, lo que hace que el recorrido sea verdaderamente interesante. Recomendamos mirar al techo, siempre, porque algunas obras inesperadamente se contagian entre sí, allí, en una especie de zona fronteriza que no es ni la una ni la otra, y que no parece formar parte de “lo que hay que mirar” (ojo: no me refiero a una de las obras, cuya proyección sí es íntegramente en el techo).

Hay algo de incontrolable en ese conjunto de obras: las luces siempre describen más o menos la misma trayectoria, pero las miradas que atraviesan ese espacio blanco son siempre distintas. Podemos extremar la idea: alguien prende la luz para que las obras funcionen (o quizás lo ha hecho una única vez, y ahí ha quedado su huella digital haciendo andar a todo el conjunto). Si imaginamos que alguien prende la luz de cada instalación todos los días, podemos preguntarnos otras cosas: el o la que hace que la luz se mueva no sería, ciertamente, Le Parc… Sin embargo, Le Parc es eso que llamamos “autor”, aunque no se sabe muy bien qué cosa sea un autor, en definitiva.

Hay un libro de Susana Gallardo que se llama Historia de la luz. Es la historia de cómo los hombres han respondido a la pregunta “¿qué es la luz?”. No es en eso donde nos detendremos, sino en una reflexión que la autora exhibe en el epílogo del libro, y que es un poco la sensación que puede provocar posicionarse críticamente frente al arte. Luego de haber hecho el recorrido sobre la historia de la luz se lamenta el haber respondido a esa pregunta originaria; en el trayecto de explicación sobre qué cosa es la luz, “mucho se ganó, pero también algo se perdió: tal vez un poco de poesía.”

Por Lucía Igol en colaboración con Malena Schaffner y Lucía Osorio

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s