El Mató: ¿Por qué es la mejor banda del mundo?

Conmemorando los diez años desde el debut de El Mató a un Policía Motorizado, decidimos dedicarle una semana entera a la banda platense. Pero ¿en serio necesitamos una razón para celebrar el legado de una banda tan importante? ¿No es suficiente el altísimo lugar que ocupan en la escena independiente actual? ¿El hecho de ser uno de los principales referentes nacionales afuera? O más importante aún, ¿el lugar único que ocupan en sus fanáticos? Esta semana es tan buena como cualquier otra o, mejor dicho, todas las semanas podrían ser la semana de El Mató. Pero después de un año lleno de giras por Europa y Estados Unidos, y teniendo en cuenta que esta semana está rodeada de shows en Capital Federal, también se puede decir que no hay mejor semana que esta. Entonces, después de cerrar el festival del FCA en Parque Avellaneda el domingo, y antes del recital en Groove este sábado, Bonsái Clara se va a llenar de lunes a viernes de El Mató.

El primer día empieza con algunas experiencias y argumentos tratando de entender por qué y cómo El Mató es la mejor banda del mundo. Queremos agradecer a todos los que colaboraron tanto en esta nota como en las siguientes. Feliz semana de El Mató para todos.

Diez años.
Pero hace aproximadamente siete que El Mató consolidó un lenguaje a nivel artístico, conceptual y se consolidó, a su vez, dentro del panorama musical nacional. En un lugar único y particular, propio. Tanto desde la perspectiva de la crítica, como del público y colegas -que en muchísimos casos, comenzaron siendo simples receptores que luego formarían bandas. O si ya las tenían, las concibieron de otra forma.

Ese espíritu germinal que brota en las canciones del Chango, uno de los frontman más carismáticos que se pueden encontrar, contagia y crece. Hizo crecer el proyecto hasta niveles seguramente impensados para sus protagonistas. Desde su irrupción, el rock independiente se motorizó, y quizás por ello se podría decir que en algún punto “lo mataron”. Pero solo desde el típico punto de inflexión que significa ser el modelo a seguir para muchos proyectos y canciones que florecen en el fértil suelo del espacio. Claramente, la diversidad de propuestas y matices es extremadamente amplia; pero su influencia es insoslayable. Son la banda más propiamente “influyente”, tanto a nivel artístico como a nivel proyecto auto-gestivo independiente. Aunque no es poco, es más que eso.

El Mató marca hoy un standard de sonido -su último disco, La Dinastía Scorpio, hizo una muy, muy notable síntesis entre a) el espíritu épico de las letras y la música, b) la concepción, en parte muy lo-fi desde la cual nacen sus canciones y c) una evolución técnica y a nivel audio enorme, ambiciosa, con la colaboración de Eduardo Bergallo y Hernán Agrasar, trabajando la grabación y masterización en estudios como Ion, Fuera del Túnel y Puro Mastering. Pero no podría ser solamente eso.

Son la única banda de rock independiente cuyo poder de convocatoria les permite tocar en un circuito que incluye como espacios usuales Niceto, el Teatro Vorterix o el Konex, girar y gestionar festivales propios como La noche dorada espacial y el Festilaptra. El crecimiento de su lenguaje estético -la poesía de sus letras, la estética visual, el  rock espacial con el que tiñen sus canciones- potenció el desarrollo del sello que comparten con amigos, Laptra, generando un catálogo numeroso y desprendimientos filiales que crecieron junto con él -como el caso de Triple RRR, cuyas primeras bandas fueron editadas en colaboración con Laptra; ambos, 2 de los sellos más importantes de los últimos 15 años, junto con Estamos Felices. Pero no solo eso.

Las canciones, las letras y las melodías reflejan una poesía, 1 (un) estilo simple y contundente; tanto como emocionante e identificatorio. Como todo estilo es pleno, reconocible, característico, para nada original, pero que, a la vez, no se puede copiar; cosa que para muchos -sobre todo, para sus contemporáneos- puede significar un estímulo, cuando no un problema y un desafío artístico, de sana y natural competencia. Y, de nuevo, no es solo eso.

La mística que rodea el aire que se respira en sus shows los distancia. Es la mística de la hermandad, que se genera entre público y banda, entre público y público. En una -menor escala a nivel social pero similar- sintonía a la que se generaba en el caso de Los Redondos; aunque la base no es solo rocanrol, no es el rock del pais. Es Sonic Youth, el Punk, Pixies, Madchester, el Rock Sónico argentino de los 90; La Plata, los muertos, las carreteras, los nuevos discos y las nuevas drogas; es la simpleza, la buena onda y la humildad que transmite el Chango sobre el escenario, que sonríe tímido frente a las numerosas demostraciones de amor del público. Aunque podría ser suficiente, es más.

En un recital de El Mató, se genera identificación, amor, ganas de tener enfrente a la persona que más quieras y que te escuche cantar “espero que vuelvas”, “quiero vivir con vos”, “ayer fueron muy duros tus reproches / no importa mas o menos todo sigue igual”, imaginarse juntos escapando de la policía en navidad, para luego abrazarte y seguir cantando con tus amigos o con la gente que no conocés, pero que podrían ser nuevos amigos o compañeros de banda. Ese es su mayor mérito. Y eso es más que suficiente.

– Fradi
Poeta, autor de Poemas reciclados

Hay canciones significativas que conectan con otras canciones. Nuestra mente es una emisora de enganchados que nunca descansa, por más que no siempre estemos escuchando la música. Las canciones se saludan sin que nos demos cuenta, en momentos. Otras veces somos conscientes de ese link sideral, somos incluso partícipes de él, lo potenciamos con un videoclip que sólo nosotros podemos ver. Tal vez porque sean de esos días en que necesitamos una muestra de que la existencia no es tan frágil y fútil, de que hay sentidos misteriosos a los que, bien predispuestos, podemos tener acceso, y de que esos sentidos velados son apenas migajas de un camino real sobrevolado por palomas famélicas. Deseamos algún tipo de revelación porque esperamos que el peso del mundo no recaiga sólo en nuestros hombros, en nosotros, tan únicos y tan como todos, tan de la razón y el artificio.

En 2007, hice mis primeras prácticas periodísticas en la Agencia Universitaria de Noticias y Opinión (AUNO) de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, un espacio extracurricular para ejercitar la escritura y la cabeza. Por entonces, Agencia NAN era un blog creado y administrado por Luis Paz, a quien conocería por medio de Fotolog antes que en los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales. Ya publicaba yo cuentos y “columnas de opinión” en ese incipiente medio —que mutaría a lo que hoy es la revista NaN— cuando Luis me invitó a AUNO.

Siempre cuento la misma anécdota sobre mi primera vez allí, pero la repito con el fin de afanarles a los protagonistas una sonrisa de acá a algún googleo del futuro: una de las primeras cosas que hice en AUNO fue tratar de “usted” a Adrián Figueroa Díaz, que sería (es, al infinito) mi maestro y editor. Luego de un lapsus de silencio, él, Leonardo Castillo y Martín Voogd, también editores, se rieron largo y estruendoso, como vikingos ebrios, en mi cara de Samwise virgen.

Me uní al grupo que ya conformaban Luis, Ailín Bullentini y Nahuel Lag. Mi primer día también fue el de Anabella Almonacid Fernández. Luego se sumarían Rocío Ilama, Carla Perelló, Pablo Ríha, Nicolás Sagaian, María Daniela Yaccar, Sergio Sánchez y tantos otros. Conocería a Pablo Siera y Mariano Verrina, que frecuentaban la agencia en otros días y/o turnos. Y a más gente, en fiestas y reuniones. Tuve suerte de coincidir con tantas personas admirables.

AUNO ocupa el espacio de dos aulas. En lo que sería la primera, están la entrada y la “redacción”, básicamente dos eles espejadas de computadoras. A la derecha de la entrada, una pared de durlock con un cristal como de estudio radiofónico separa la sala de edición. Pocas veces utilizábamos en aquel tiempo las computadoras de la redacción: era un espacio más grande y más frío, las PC no tenían Internet y quedabas ajeno a la ronda de mate que solía encabezar Adrián del otro lado del cristal. Más de una vez cambiamos la disposición de las máquinas en la “pecera”, pero la que más recuerdo es la pentagonal: cinco computadoras orientadas hacia un núcleo, que era la columna que transportaba electricidad, teléfono y conexión 2.0. Ese ordenamiento te permitía ser naturalmente compinche con los otros cuatro que estuvieran ocupando las máquinas.

Es cierto que en ocasiones la distancia muestra hermoso al cuco, pero estoy seguro de que lo viví así: los años en AUNO fueron geniales. En casa se aproximaba una hecatombe que terminaría en un divorcio, algunas mudanzas y cero noticias de mi padre para mí y mis hermanos; y además noviaba con el primer amor que me dejaría cuernos por suvenir (que yo sepa, claro); pero no era tanto por contrapunto que la agencia se me presentaba como un espacio piola. Es difícil ponerlo en palabras, como siempre que se trata de definir algo por vez primera. Vivía AUNO, el AUNO que conocí y del que fui parte, como una militancia medio clandestina por un periodismo, por una vida al servicio del bien común, y en compañía de amigos que le ponían tanta garra al trabajo como a una partida de TEG, un recital de una banda nueva o un viaje improvisado a Gualeguaychú; con la saludable capacidad de sobre y subestimarse a sí mismos, según la ocasión, en favor de una comunión grupal (esto no siempre, tampoco idealicemos, pero en muchas ocasiones).

Las redes sociales todavía no eran lo que son hoy. Usábamos el correo electrónico. Solían armarse cadenas largas: un mail laboral acababa en uno para organizar unos choripanes, otro de balance sobre el servicio (el paquete de notas de la semana) devenía en alguna cargada hacia algún nuevo redactor de llamativo interés por unos suplementos sobre el cerebro. Era usual que alguno tomara la posta del saludo para Navidad, Año Nuevo, el Día del Periodista o el fin de una pasantía. En una de esas cadenas, no sé si de Adrián o Luis, llegó la letra de la canción con la que pasaría a musicalizar los recuerdos de AUNO: “Todo sigue igual”, de Viejas Locas.

Unos seis o siete años después escucho “Más o menos bien”, de El Mató a un Policía Motorizado, y de inmediato ocurre la ligazón. De inmediato recuerdo una foto en la que Luis me entrega una copa, las miradas cómplices entre las computadoras y los cables, el spanglish con el que incordiábamos a Adrián, sus canciones de Pappo y Los Ramones, su fondo de pantalla de Monica Bellucci, su “lean, hijos de puta”. Las rondas de sumario, el arrimar una silla a la del editor para repasar juntos cada nota, los cierres tan tarde, las vueltas en colectivo. Las puteadas de Leo, que revoleaba cualquier cosa que tuviera cerca. La paciencia de Martín para explicarnos artilugios de bloguero. Esa cobertura en Camino Negro en la que fingimos visitar a un preso; esa otra en que el director del Hospital Alende de Ingeniero Budge salió corriendo para que mi grabador no le apresara la voz. Las producciones conjuntas. Los ceniceros sin tapas. La vez que Adrián se tomó unos días y los redactores nos hicimos cargo del servicio. Los asados de fin de año. El día que trajeron el dispenser y dejamos de calentar el agua con ese tampón eléctrico que se mete en el termo. Los pedidos a las autoridades de la facultad por computadoras con más memoria que nuestros celulares, para que arreglasen el aire acondicionado, porque sobre todo en verano era imposible. El pizarrón blanco con letras en indeleble, para siempre. Las notas que rebotaron en otros medios. La cobertura que hice con Ailín sobre la presentación del libro Ratonera. La agendita de Nahuel. La imitación de Nicolás de un profesor barrigón y exagerado.

“Más o menos bien” es, a la vez, versión mejorada y continuación (pública e íntima) de “Todo sigue igual”. Musicalmente, conserva el pulso de un trajín foráneo licuado por las experiencias (artísticas y barriales) propias. Si Viejas Locas fue emergente de un conjunto de bandas que reelaboraban el rocanrol con trajín de suburbano local, El Mató hace lo propio con el más inocuo indie. El clima de cancha en recitales de ambos grupos es la muestra de la eficacia de su sensibilidad para hacer propio lo ajeno. El Mató no es más novedosa que nuestra.

Si bien en ambos casos la postura gambetea el conformismo sin renunciar a la lucha, si bien las dos canciones apelan al sentido de orgullo y pertenencia (aún en las malas), en la comparación de las líricas, de su contenido y sentido, percibo una maduración que vinculo a la mía, de modo arrogante. “Todo sigue igual” arranca al palo; “Más o menos bien” progresa hacia su clímax, y en ese ápice ubica, luego de hablar de amigos, banda y familia, a un “desconocido”. De alguna manera, esa intención está en línea con el espíritu del AUNO que reseño, su “senda del bien”, su pedagogía sin derecho de piso. Ese “desconocido” podría ser yo, cualquier oyente, o un tercero del que éste fuera testigo: todos los que sufren serían, desde esta perspectiva, mis amigos, mi banda, mi familia.

Hace poco Nahuel Gómez, amigo y compañero de NaN, soltó en un posteo de Facebook que El Mató hace himnos. Me quedé pensando en esa idea, cliché de fanáticos, mal de la humanidad. Si las canciones de Él Mató son himnos es porque son la música de nuestras patrias generacionales, las públicas y las privadas; porque “patria” es también otra forma —un toque más voluble a la demagogia— de decir “hogar”. Y “hogar” es un sitio maravilloso en el que sólo al final las cosas son más o menos como quiero sólo yo.

Por estos días, como durante aquel AUNO, también se me juntan algunas pálidas. No obstante, antes todavía pido que mi vieja no se preocupe tanto, que con amigos formemos una banda de rocanrol, que se acaben los problemas de los desconocidos. Dentro de seis o siete años, la distancia hará del cuco su hermosa caricatura. Y estoy seguro de que si al final esos deseos se cumplen, todos estaremos y continuaremos más o menos bien.

– Facundo Gari
Periodista. Miembro de NaN, colaborador de Página/12 y autor de los blogs AntologíaFG, GorradeCaza y QueremosResponder

Allá por el 2010, comencé a introducirme muy lentamente en la escena local, en el under del que ahora soy parte. El Mató obviamente era de los nombres que más resonaban, puedo recordar un video con una balsa, un recuerdo muy borroso pero algo chocante: yo no entendía por qué esta banda era la supuesta banda que consagró al indie local. Con todo respeto me parecía terriblemente malo.

Los años fueron pasando, los recitales también, al igual que los amigos y los amores. El Mató siempre resonando, nunca gustando del todo. Era una pelea constante, el no comprender qué magia tenía esta banda. Nuevos amigos, nuevos colegios, me introdujeron a un amigo que me gustaría llamar “el Duro”, ávido fan de El Mató. El Duro llegaba todas las mañanas al colegio, emocionado, casi corriendo, escuchando a El Mató, pero yo seguía sin comprender la magia.

A fin del 2012 se anunciaba la salida de “La Dinastía Scorpio”. No puedo recordar con exactitud el pre-hype que tuvo este disco, pero de alguna manera me afectó. Con vergüenza admito que por medio de tweets de Clemente Cancela y la consagración de la banda en Club Fonograma fueron las razones definitivas. Me bajé “La Dinastía Scorpio”, y lo escuché por primera vez. Lo escuché… y lo escuché. El primer choque fue “Mas o Menos Bien”, una letra, una melodía, resonaron en mi cabeza eternamente.

Fue un verano algo trágico para mi, en el cual no pude disfrutar mucho nada. Nada. No recuerdo haber ido a ningún recital en febrero, hasta que fui a Niceto a la presentación de “La Dinastía”. En colectivo, yendo solo, sin compañía, lo llamé al Duro y fuimos juntos. Pizza y birra antes de entrar, combo infalible, fueron suficientes para adentrarme en la experiencia. Bestia Bebé calentó la noche y al público.

Cuando el telón cerrado comenzó a cantar “El Magnetismo”, ahí, en ese exacto momento, sentí la magia. Sentí el magnetismo. Sincronía total, me convertí en ese joven que siempre había querido ser y luché con odio. Todos mis prejuicios, preconceptos, todo lo que se pueda decir, se eliminaron en esos primeros acordes. Bailé, agité, y desde entonces soy fan. Cada vez que los vuelvo a escuchar, los vuelvo a ver, lo siento ahí, intacto, el magnetismo.

– Eugenio García Carlés
Colaborador en Bonsái Clara, integrante de Italpark

Imagen de portada por Ignacio Rebaudengo. Fotos por Eric Olsen, Felipe C y Alejo Rodrígez, respectivamente.

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