El Mató: Diez años atrás

El Mató a un Policía Motorizado: El Mató a un Policía Motorizado
Discos Laptra (2004)
Limbo Starr (2014)

El universo empezó con una explosión. El primer disco empezó con un golpazo. Tres golpes de batería, como tres golpes en una puerta, abriendo algo que no se volvería a cerrar. Así arrancaba el debut de una banda platense hace diez años. Ya era imposible que el nombre no llamase la atención, repetido en letras rojas como título del disco. Pero por si eso solo no alcanzaba, estaba la música, un sonido fresco y potente como pocos. Así empezaba El Mató a un Policía Motorizado.

Arrastrando la perspectiva de toda una década, no muchos discos se defienden y se sienten tan vigentes como éste. Especialmente en una época marcada por la sed de innovación y el constante cambio de las reglas de juego, hay varios trabajos que rápidamente pierden relevancia y se olvidan en la repisa, al lado de coleccionables y fotos descoloridas. Pero el debut de El Mató todavía mantiene su color. Esas canciones y esa frescura todavía están ahí, intactas para cualquiera que quiera revisitar viejos clásicos o para el nuevo fanático que todavía necesita material que descubrir.

Volver a escuchar el debut se vuelve una experiencia que va más allá de la nostalgia, y que está más cerca de ser una especie de ejercicio. Si, por alguna infundada razón, muchos consideran que la “carrera formal” de El Mató empezó con la trilogía de EPs, se podría escuchar este disco como una especie de prólogo. Nada más que nosotros ya leímos fervientemente la historia que vino después, y escuchar esta presentación después de tanto tiempo tiende a sentirse equivalente a comparar el antes y después de una misma cosa.

En ese ejercicio involuntario se escuchan que las bases de lo que después sería El Mató ya estaban sentadas: la inocencia amorosa, la obsesión con la cultura pop, las guitarras emocionantes, las baterías aplastantes, y el minimalismo compositivo ya se declaran agresivamente desde las primeras canciones como elecciones conscientes. Las guitarras de la apertura, “Sábado”, exceden los límites de la distorsión punk; hasta se podría decir que el timbre se sentiría más cómodo entre metaleros que entre los recicladores de rock chabón de esa época. Los rasguidos saturan, derrapan, chocan y vuelven a acelerar, sin ningún tipo de restricción.

En la media hora de duración la música termina cediendo y llegando a lugares mansos, en parte gracias a la nitidez de la producción. El disco empieza furioso y gritón en “Nuestro verano” o “Doctora muerte”, dejando los ritmos más pacientes y las guitarras limpias para el final. Sin embargo, las letras del disco tienden hacia el lado contrario: empieza con una invitación casi resignada a pasar un fin de semana entre sábanas, y termina con ganas de “Prenderte fuego”. Es seguro que no hay que tomar el mensaje tan literalmente, pero no deja de ser una imagen intensa. Entonces, si está la sensación de habernos perdido algo en el medio es porque el debut es una montaña rusa de emociones, buscando aprovechar el efímero hoy (“Nuestro verano”), luchando contra los primeros celos (“Rock espacial”), esquivando la realidad (“Terrorismo en la copa del mundo”) y finalmente resignándose a nunca aprender (“Escupime”).

Incluso con sus altibajos y con su cruda producción, es seguro decir que cada una de las canciones se presenta como posible single y nominada a mejor canción (del disco y de la banda). La canción que efectivamente fue elegida como single terminó siendo “Tormenta roja”, por ahí una de las opciones menos obvias pero sí una elección muy coherente con el lado-b, “Sobredosis de droga”, un punk salvaje y al mismo tiempo una de las canciones escondidas más sobresalientes de la banda. Porque ahí mismo aparecía el talento nato por crear estribillos y coros sumamente memorables, incluso a nivel radial. Este punto melódico es el mismísimo comienzo en el largo camino por dominar todas las aspiraciones que aparecen en el debut como disparadas para todas partes. Es un logró que no tardaría en llegar con la ayuda de una producción mucho más pulida y un sonido más accesible en las inmediatas próximas canciones.

Lo más importante de este debut es algo que no se puede escuchar en distorsión o melodías, ni agrupar en discos ni canciones; es algo que se vive. Como bien expresa Nahuel Ugazio, en un texto que también presentó por los diez años del disco:

“Algunos creen que exageramos cuando muchos de nuestra generación hablamos de la importancia de El Mató en nuestras vidas. Es que si hacemos un repaso por el pasado inmediato de la música independiente en los antros de Buenos Aires, podremos encontrar infinidad de hermosas bandas y propuestas musicales, pero todas con un pequeño detalle en común: ninguna era nuestra, eran cosa del pasado, de otra generación. Estas bandas no hablaban de nosotros, no habían vivido lo mismo.

Había una urgencia que los asemejaba, de alguna manera, a esa visión que el punk rock nos había dado, pero que nunca se ocupó de resolver. Estas raras bandas nuevas abrazaban, aun sin saberlo, el DIY del punk e incorporaban nuevas ramas artísticas, desde las artes plásticas y el diseño gráfico hasta la literatura y la poesía. Estábamos (y todavía estamos) inundados de bellas artes, de distintas disciplinas que en realidad confluían en una sola. Una búsqueda artística con la misión de sentirse liberados y, sobretodo, compartir esta sensación. Era la demostración de que cualquiera de nosotros también podría ser parte, sólo hacía falta tener ganas y moverse. […] Ya nada fue igual, hermano. Ahí empezó todo, todos encontramos nuestro lugar.”

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